4 de febrero de 2014

Verde y Rojo.

Caminamos de un lado a otro.  Cuando uno pasa el cuarto de siglo cada día cuenta, por eso es tan importante el tiempo que pasa, ya que el mundo sigue moviéndose, indiferente  a nuestros deseos de seguirlo o no. Las palomas siguen siendo palomas y los autos arrojan humo por doquier, aunque nosotros no estemos para mirarlos. La personita verde del semáforo siempre está andando y discutiendo con aquella persona roja que tanto odia. Para ella el mundo es un constante verde, un verde de caramelo de limón y de aloe recién cortado. El mundo para ella es una carretera en un solo sentido. La vida para ella es un constante andar bajo el sol y sin sombrilla. La vida para ella es un juego que le obliga a tener siempre las rodillas sangrantes y la frente vidriosa.  Está bien, sabe bien que le diré que está bien. 
Me gustan sus chalecos a lo Janis Joplin. Me gusta su cabello desordenado, ensortijado. Me gusta esa manía que tiene de arrojarlo para atrás.  Cabello largo, amor.  Amour, amour. Su francés es casi tan bueno como mi español, por lo que insistes en cantarme las canciones  de Edith Piaf y yo en decirle “ratatouille”. Me dice algo y yo solo miró sus labios moverse, miro su lengua hacer aquella finta de las erres. Miro su boca y no puedo más, le beso, dos, tres, cuatro, le beso y me besa, luego me dice “je’taime” y yo le digo que también. Me dice que no deberíamos estar aquí, me dice que le gustaría caminar por las calles de París, que le gustaría pasear de mi mano por los pasillos del Louvre y mientras tanto caminamos por un parquecito miraflorino, debajo de  árboles inmensos, rodeados de gatos libres, sin dueño pero queridos.
Y me gusta cómo se aparece sin avisar  y de inmediato quiere arrastrarme a seguir alguno de sus planes, que si ir a tomar fotos al centro de la ciudad, que ir a remojar los pies en la piscina de plástico en el patio de su casa, que a patinar sobre hielo, que si nos acostamos en el césped de su universidad,  que a montar caballos de paso y aprender marinera, que si  a preguntar los precios en una biblioteca de cadena…  
Hoy llegó agitada a pedirme que cambiásemos nuestros planes, que vayamos a otro lado.  Cogí su cintura mientras caminábamos por una calle llena de casas con balcones, ella había decidido la ruta porque sabía que me gustan, me dijo que si seguimos en esa dirección encontraríamos algo que quería mostrarme, una bonita sorpresa.  Qué será, me preguntaba, mientras mi mano juguetona, traviesa, bajaba lentamente hasta el final de su espalda. ¿Qué es?, dije en voz alta, y ella respondió que no sea apurado, que aquí mismo era y que levantara mi mano, que había mucha gente. Las casas de ese lado de la ciudad son muy antiguas y están descuidadas. Caras fruncidas nos miraban con desconfianza desde grandes ventanas. Niños con la cara sucia corrían de poste en poste, husmeando entre bolsas de basura, rescatando botellas de polietileno y de vidrio. Entre ese grupo de casas me señaló una, color humo, que tenía en su fachada varios anuncios chicha. Solo a centímetros de la puerta, dentro de la casa, una vieja caja de madera como la que –recuerdo –tenía mi abuela al lado de su cama, interrumpe nuestro paso a la tienda de antigüedades. Sonrío. Mira dentro, me dijo. Lo hice. La caja de madera color caoba estaba abarrotada de fotos antiguas, de inicios y mediados del siglo pasado. Touché. Ella sabe cuánto me gustan las fotos antiguas, fotos de desconocidos, cuánto me gusta que nos sentemos en el balcón de su departamento, con los pies sobre la pared, a mirarlas y a inventar (¿reconstruir?) sus historias. Elige tres, me dijo.  Le dije: Eres la mejor, Ratatouille. Le dí un beso y nos sentamos en unos banquitos de madera a inventar historias de nuestras fotos preferidas. Al final serían tres y le prometí escribir algo es un blog. Le prometí, además, hacer una historia por cada una de nuestras favoritas. Ella me dijo que ese serían un bonito regalo, que las esperaría con ansias.
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